Hay cambios que se sienten orgánicamente. Cambios en el interior de nuestro
ser que nos indican nuevas sensaciones de bienestar, de tranquilidad, de paz
espiritual. Cambios que nos satisfacen y nos permiten disfrutar el placer de
vivir. Esos cambios nos sorprenden y nos llevan a tomar conciencia de que no lo
conocíamos todo, de que la vida tiene otras facetas que anteriormente nunca la
habíamos practicado. Cuando esos cambios se materializan con hechos concretos y
muy palpables comenzamos a vivir diferentes y nuevos niveles de felicidad.
Felicidad que no es única, sino variada en emociones e intensidad. Por
ejemplo, pensar en ella, la chama que me ha hecho vibrar otra vez, que ha
logrado traerme de vuelta a la vida, después de mi muerte espiritual, pensar en
ella es sentir una gran emoción que le da sentido a mi vida nuevamente y me
anima a reconocer que la lucha por alcanzar mis metas está inconclusa. Pensar
en ella es sentir que puedo ahora mismo, en esta encrucijada coyuntural de mi
existencia, dedicarme a hacer lo que por mucho tiempo había postergado. Pensar
que ella esta conmigo es saber que puedo abocarme a crear lo que mi espíritu me
ha estado indicando desde mucho tiempo atrás y que nunca me había decidido a
intentarlo. Pensar en ella y saber que ella lo hace en mí es amar al amor y
darle un espacio en mi alma que rebasa los límites de mi frontera física del
cuerpo material.
Esta es una de esas manifestaciones de felicidad. Hay otras más, y que
describiré posteriormente, pero en estas
páginas solo quiero detenerme a expresar las que vivo con ella. Porque lo que
busco es recrear su significado tanto en mi vida personal, como en el
complemento espiritual del amor del ser humano.
Ayer me dijo que no estaba solo que ella pensaba mucho en mi, a cada
instante y en cada lugar. Es muy grato escuchar eso. Pero además de grato, el
que una mujer lo manifieste con convicción se convierte en un mensaje altamente
fortalecedor de nuestra maltratada autoestima. Me transmitió además una fina
sensación de ser una compañera leal que hace lo que hace porque su espíritu
libre se lo permite. Sin ataduras ni compromisos, ni mucho menos por buscar
satisfacciones de tipo material. Ella lo hace porque lo siente con emoción y
porque, a su propio nivel de intensidad, es feliz entrar en la vida de un
hombre que tiene mucho que hacer todavía en los años que le quedan por su
tránsito terrenal. Y no solo la percibo a ella como compañera, la intuyo
creadora de caminos y conductora mística. Rol en el mundo que es vital para la
realización de sueños y construcción de metas.
Cuando la conocí no me fijé en ella. Salimos juntos hacia el evento del fin
de semana. En el trayecto conversamos generalidades de la universidad, tema
apropiado a su medio laboral y que yo conozco también. Conversamos más como un
abre boca que como un tema de análisis, pero que nos permitió establecer un
nexo que, al menos a mi, me dio seguridad y confianza al presentarme a la
actividad que se realizaría por el lapso de dos días. Entonces comencé a notar su personalidad y su firmeza al emitir
juicios certeros. Particularmente aquellos que se relacionaban con mi problema
sentimental. Nos quedamos, las dos noches del evento, conversando sobre ellos
hasta avanzadas horas de la madrugada.
Me sentí muy sereno con sus palabras. Algo había en esta mujer que me
transmitía serenidad. Dos hechos terminarían de confirmar mi corazonada: Uno,
el día de la última comida. Era el almuerzo del domingo. Yo acudí al comedor
solo, sin ella, y me senté en la mesa con otro grupo de personas. Pero estaba
inquieto, sentí su ausencia y me reproché no haberla esperado para subir
juntos. Cuando al fin llegó y se acomodó con el resto de los amigos que
habíamos constituido el grupo de los cuatro, los que conversaban todas las
noche, decidí levantarme de mi mesa, aun sin haber finalizado de comer, y
sentarme en la de ella. Creo que cualquiera que se hubiera detenido a
observarme podía haber notado el nuevo brillo de mis ojos. Me sentía alegre,
muy alegre. Además, experimenté mucha confianza en mí. Yo era todo serenidad.
Ella estaba allí, a mi lado. Creo que me sentí feliz. No obstante, aún era muy
prematuro pronosticar lo que ocurriría entre nosotros.
El otro hecho ocurrió en la despedida del evento. Mi corazón se aceleró,
desmedidamente, cuando recogió la rosa y se volteó hacia mi para entregármela.
Este gesto simbolizaba su elección de la persona que más cercanía le había
proporcionado el desarrollo del encuentro. Para mí, esta actitud de aprecio
selló el inicio de una relación única, llena de energía e incertidumbres que no
sabía como despejarla. Pero que estaba allí gestándose en mi ser interior. Esta
chama desconocida con apenas 48 horas de habernos presentado, pasaba a ser un
factor de estabilidad y posiblemente de necesidad espiritual para mi. Ella, de
quien no me fijé al conocerla, estaba ahora en mi corazón. Y esto lo sentí con
mucha fuerza durante el viaje de regreso.
El camino hacia Los Teques, esa otra vía que escogimos diferente a la que
tomamos cuando llegamos en caravana dos días antes, me permitió percibir que
necesitaba besarla. La tenía en el asiento a mi lado y esa cercanía me obligaba
a palpar su energía. Yo iba conduciendo mi camioneta, pero eso lo hacía
mecánicamente, porque mi concentración estaba en ella. Los deseo de besarla
eran muy fuertes. Estabas allí, chama. Llena de misterio. Eras toda
incertidumbre, pero sentía que ya no podría separarme de tí. Me hiciste sentir
en paz, contribuiste a que asumiera con mayor claridad mi agudo problema, me
envolviste de serenidad. No lo pude evitar, te besé en los labios. Y sabes
algo, estaba seguro que no me rechazarías. Esa sensación aún la tengo muy viva
en mi recuerdo. Y no te aprisioné en mis brazos y te detuve con mis labios más
tiempo, para no atropellar algo que exigía moderación y porque no tenía tu
consentimiento. Pero, créeme, deseaba ese beso, otros más y que nunca te
fueras. Necesitaba seguir hablando contigo. Tenerte asi junto a mi lado, lleno
de ternura, esa que me transmitías con tu plácido cariño. Adiós chama, te dije
mentalmente, espero que se inicie algo
bueno para los dos.
Al día siguiente, muy temprano en la mañana, me llamaste. Sorpresa y
alegría. Se confirmaba lo que intuía. Ahora no había duda, querías junto
conmigo descubrir cuál era el destino de nuestro sereno, pero emotivo
encuentro. Nos vimos al día siguiente y celebramos tu cumpleaños. El almuerzo,
los obsequios, la grata e interesante plática y el paseo por la carretera de la
playa nos confirmó que teníamos un futuro juntos.
A partir de ese martes 21 que quedamos enlazados y nos hemos visto o
hablado todos los días. Han sido intensos, llenos de amor, de cercanía, de
compañía, de inteligentes resoluciones. Hemos vibrado haciendo el amor.
Descubrí en ti un goce único que adquiere, a nivel de los sentimientos, una
nueva dimensión en la pasión madura, de entrega plena, cargada de fuerte dosis
de lujuria espiritual. Nos poseemos con calidez, ternura e intenso deseo de
amarnos hasta la explosión más allá del orgasmo. Han sido largas tardes de
plena satisfacción que han abierto más nuestros corazones a darle un nuevo
sentido a la vida y a nuestra misión terrenal.
Esto es solo el principio. Sé que a medida que avancemos en nuestra
relación, los sentimientos se harán cada vez más puros, decantados y estilizados.
No me puedo imaginar a que nivel de expresión física y espiritual llegaremos.
Aunque si puedo decir, que será para bien y para elevar nuestra condición de
ser humano. Tu, chama, has incidido en que domine con planteamientos certeros y
muy serenos mi situación conyugal, contribuyendo así a que se vislumbren
soluciones en la relación conflictiva que mantengo con mi pareja. Hasta es muy
probable que tu aparición en mi vida, por muy contradictorio que parezca, ayude
a alcanzar mi reconciliación matrimonial. También has contribuido a que el
sitio que habito, el que nunca me gustó, comience a verlo diferente y hasta me
empieza a agradar. Aquí dejaste tu aura que envuelve todos los ambientes,
permitiendo respirar un aroma espiritual diferente. Ahora anhelo otro encuentro
aquí mismo. Y que puedan repetirse con frecuencia.
Todo esto le has hecho a mi vida en tan poco tiempo. Y sabes, chama, me
siento feliz. Tu has hecho aparecer la felicidad de nuevo en mi vida. Por eso
es, como decía al principio, que los cambios que se experimentan en el ser
existencial, como consecuencia de las relaciones y comunicaciones
interpersonales nos conducen a vivir, a sentir con plenitud y a desarrollar
nuevos y variados niveles de felicidad, que muy probablemente ni conocíamos
anteriormente, ni pensamos nunca que podríamos volver a sentirlos. Esta es mi
experiencia contigo, chama. Creo, que hasta me puedo enamorar locamente de ti,
desplazando, aunque no lo quisiera, a quien por 28 años ha sido mi esposa.
Pero...siempre en cada historia de amor intenso hay un pero,
el gran obstáculo es que tu eres casada y con tres hijos pequeños. Un “no puede
ser”, un límite a esta relación que tan cándidamente ha nacido aparece y se
anuncia en el tiempo. Que pasará no lo sé amor, pero tampoco lo quiero
racionalizar ahora. Me siento muy bien sintiendo que te quiero. Que sea el
tiempo y la conducta inteligente de nosotros los factores que despejen la
incógnita del destino.
Caracas, 2 de Junio de 1996